La vergüenza del talento



Me da vergüenza decirlo.


Tengo altas capacidades. 

No te haces a la idea de lo que me ha costado escribir sobre esto en el apartado sobre mí de mi página web. Escribía un párrafo, lo borraba, lo volvía a escribir, y así hora y media. Al final me trataba de convencer de que no hacía falta ponerlo. 


Total, qué les importará. 

Qué van a pensar de mí. 

Dirán que soy una engreída, soberbia, que estoy muy subidita.

¿Altas capacidades de qué? ¿qué es eso? 

¿A quién le importa?


Pero sí, SI importa, pero no por mí, por eso he decidido escribir este post.


Sé de mis altas capacidades desde que tenía ocho años. Más o menos la misma edad que sé que me gusta y se me da bastante bien dibujar. Que soy muy ágil haciendo volteretas laterales. Que mi pelo por más que quiera peinarlo de ciertas maneras siempre será lacio.

De todo esto podía hablar de niña, de las altas capacidades no. Con muy corta edad aprendí que era mejor no destacar, que no se me notara, que pareciera normal.


Normal. 


Y desde entonces he estado toda la vida intentando sin mucho éxito parecer normal y tener una vida normal. Nada más lejos de la realidad (si es que acaso existe algo que podamos definir como normal). 

Sin saber bien de qué se trataba eso de tener altas capacidades, ya con ocho años había entendido que era diferente, probablemente especial, pero que era mejor ocultarlo, esconderlo y tratar de parecerme al resto.

Ese parecerme a los demás me costó muchos problemas de adaptación en la escuela y especialmente en la adolescencia. Ser una empollona gafotas no es nada sencillo. No podía evitar destacar, mis intereses estaban a años luz de los de mis compañeros, pero me esforzaba con toda intensidad en encajar. Todo al precio de una crisis existencial y una depresión.


Por suerte la vida está llena de personas maravillosas dispuestas a escuchar, entender, y encender lucecitas en la oscuridad. He tenido la suerte de conocer muchas de ellas en mi camino. En mi proceso ha sido de vital importancia verme reflejada por ellas. Pero no ha sido de verdad hasta que me he convertido en madre, de una niña también especial, que me he tenido que enfrentar de nuevo a la cuestión del pudor. ¿Cómo no sentirme una engreída al hablar de las cualidades de mi hija?


Me cuesta mucho imaginar al padre de un niño sentir pudor por los goles de su hijo. O a una madre preocupada por cómo vaya a afectarle socialmente a su hija su habilidad con la música o con la bicicleta. La vergüenza del talento, o mejor dicho, el temor a la envidia del resto, suele estar relacionado con la inteligencia. Ser un sabelotodo está mal visto. 


El hecho de acompañar a mi hija con sus altas capacidades y luchar porque sus necesidades sean reconocidas y atendidas en la escuela me ha llevado a sumergirme y aprender mucho sobre el tema.


Y así es como he aprendido que personas con altas capacidades somos nada menos que alrededor del 10% de la población, aunque la mayoría nunca llegan a saberlo. 

Que en la infancia solo se detecta entre el 2 y 3%, y que las niñas pasan especialmente desapercibidas. 

Que aunque la legislación reconoce el derecho a una atención educativa especializada, la mayoría jamás llegan a recibir una atención adecuada, y muchas personas incluso acaban sufriendo fracaso escolar o bullying por parte de sus compañeros.

Que son frecuentes los problemas de autoestima, de adaptación, de desmotivación, de depresión, ansiedad, y otros cuadros patológicos, debido a la escasa comprensión y apoyo por parte de la sociedad a las personas con mayor curiosidad, creatividad y talento. 

Que a menudo las grandes figuras (masculinas) de las ciencias han sido consideradas personas superdotadas, pero las personas sensibles, intuitivas, creativas (y femeninas) a menudo han sido excluidas a lo largo de la historia. 

Pero lo más importante, que las altas capacidades son mucho más que un alto cociente intelectual. Son una manera de percibir el mundo, de procesar la información, de conectar ideas, pensamientos, sensaciones con complejidad, y en definitiva una manera de ser con múltiples facetas. 


Descubrir todo esto me ha ayudado a mí también a integrar esta faceta de mí misma. Durante mucho tiempo me causaba ansiedad que la gente supiera que tenía altas capacidades. Poder hablar de ello con cierta naturalidad ha sido para mí como salir del armario, un largo proceso.

Pero ahora cada vez estoy más convencida de la importancia de visibilizarlo. 


Tal vez así otras personas encuentren luz para su camino.


Ojalá sea así. La vergüenza habrá merecido la pena.

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