
La palabra neurodivergencia parece que está de moda, pero no siempre se entiende bien qué significa, ni resulta sencillo identificar unos rasgos que identifiquen el espectro de la neurodivergencia.
A diferencia de lo que muchas personas creen, la neurodivergencia no es una categoría clínica, ni un diagnóstico en sí mismo. Es un constructo social que engloba diversas formas de funcionamiento neurológico dentro de la variabilidad humana, que se diferencian de lo que se considera normotípico.
Bajo este paraguas encontramos condiciones del neurodesarrollo como el autismo, el TDAH, las altas capacidades, o la dislexia, entre otras. Cada una de estas condiciones se ha estudiado históricamente por separado, con criterios propios y profesionales especializados en áreas concretas. Por eso, aunque no es infrecuente que varias coexistan en una misma persona, no siempre es sencillo encontrar especialistas que comprendan el mapa completo del perfil neurodivergente.
Muchas personas llegan a esta pregunta después de años sintiéndose “diferentes” sin saber por qué. Si a lo largo de tu vida has experimentado:
…es posible que seas neurodivergente y que nadie lo haya detectado antes.
Pues es más común de lo que parece. Durante décadas, los mecanismos de detección y diagnóstico fueron mucho más limitados, especialmente en mujeres, personas adultas, colectivos minoritarios y personas con buenas capacidades cognitivas o con estrategias de adaptación muy desarrolladas.
A día de hoy la atención temprana y los procesos de cribado se han refinado, por lo que no es extraño que los procesos de identificación comiencen con los más pequeños de la familia, y poco a poco se vaya descubriendo la posibilidad de que papá y mamá, la hermana, la tía, y hasta los abuelos también…
Si has llegado hasta aquí, es probable que hayas aprendido a sobrevivir en un mundo que no está diseñado para tu forma de percibir y procesar. Muchas personas neurodivergentes desarrollan mecanismos de adaptación y compensación para encajar, que no se noten las dificultades y ocultar rasgos que podrían ser juzgados. Porque a nadie nos gusta que nos señalen por ser diferentes.
Estos mecanismos pueden funcionar durante años, pero tienen un coste emocional, físico y relacional demasiado alto. Por eso, descubrir tu neurodivergencia no es solo ponerte una etiqueta: es una forma de comprenderte, encontrar alivio, pero sobre todo, empezar a encontrar apoyos.
El proceso suele comenzar con una fase de exploración e identificación de los rasgos. Leer, informarte y reconocerte en experiencias de otras personas puede ser un primer paso muy valioso, pero no siempre es suficiente.
En este proceso es importante estar acompañada por alguien que pueda ayudarte a ordenar y distinguir la información fiable en el caos de las redes, y comprender tu perfil sin caer en reduccionismos ni sesgos.
Cuando los rasgos son claros y afectan a tu vida cotidiana, lo recomendable es realizar una evaluación diagnóstica con un especialista cualificado. Esta evaluación debería centrarse en identificar tu perfil de fortalezas, necesidades y apoyos, pero también hacer un diagnóstico diferencial, es decir, descartar otras condiciones de salud mental que podrían explicar mejor lo que te sucede o que podrían ser coocurrentes.
Aunque el diagnóstico puede ser un alivio enorme, también puede remover heridas antiguas: años de incomprensión, autoexigencia, culpa o agotamiento. Por eso, el acompañamiento terapéutico antes, durante y después del diagnóstico es un factor protector que:
En este proceso, tanto para la evaluación como el acompañamiento, escoger un buen especialista es clave, especialmente en diagnósticos tardíos y perfiles complejos, donde puede resultar muy complicado encontrar profesionales con la formación y sensibilidad para detectar las sutilezas del enmascaramiento.
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*La foto tan bonita de la entrada es de mi querida Elena Castellano