¿Cómo saber si tengo altas capacidades?


Muchas personas me estais escribiendo contándome vuestras historias, dudas, inquietudes y sospechas. Así que me he propuesto continuar escribiendo sobre este tema para tratar de aportar luz sobre esto de las altas capacidades y la alta sensibilidad.

Voy comenzar en este post tratando de responder a esta compleja pregunta que es en realidad la que abre la caja de pandora.


¿Cómo sé si tengo altas capacidades?


La respuesta más sencilla y rápida la encontraríamos a través de una valoración psicopedagógica con un equipo especializado. En la valoración, a través de varias entrevistas, muchas preguntas y pruebas, podrán decirte no solamente cuál es el resultado que has tenido en el test en en cuanto tu Cociente Intelectual (CI) sino también una valoración y orientación (ojalá detallada) de tu perfil de aptitudes, creatividad, motivaciones y capacidades, que te confirmarán (o no) tus sospechas.


Pero, ¿y todo esto para qué? Hay que decir que la valoración implica una inversión importante si se hace en un centro privado, así que ¿realmente para qué sirve la valoración? ¿Quiere eso decir que soy superdotado/a? ¿Y qué significa si lo soy?


Bien, no podemos responder a esta pregunta sin antes definir qué entendemos por altas capacidades intelectuales y por superdotación, que a menudo son utilizadas como sinónimos, pero en verdad no lo son.


Algunas definiciones de alta capacidad y superdotación

Según la asociación Altas capacidades Pitágoras, a la que pertenezco, "se trata de personas que destacan por tener cualidades y capacidades que están significativamente por encima de la media".


En la página web de la asociación podrás encontrar la definición completa así como las características generales según las cuales las personas con altas capacidades suelen:

  • Ser precoces en, al menos, algún área de su desarrollo.

  • Tener curiosidad por aprender o ir más allá.

  • Tener una alta capacidad de autoaprendizaje.

  • Ser imaginativos y soñadores.

  • Tener una creatividad superior a la media.

Además de estas características básicas desde la asociación contemplamos que también existen una serie de cualidades personales que van más allá del CI y que tienen que ver con el estilo de pensamiento y procesamiento cognitivo, la alta sensibilidad, la intensidad emocional, y la especial manera de relacionarse. En conjunto forman un perfil complejo y heterogéneo de las personas con altas capacidades.


Por otro lado, Javier Tourón, catedrático especialista en AACC, nos trae la definición de la NAGC National Asociation of Gifted Children sobre los alumnos más capaces:


"Personas de alta capacidad son aquéllas que demuestran un nivel de aptitud sobresaliente (definido como una capacidad excepcional para razonar y aprender) o competencia (desempeño documentado o rendimiento que los sitúe en el 10% superior, o por encima, respecto al grupo normativo) en uno o más dominios. Los dominios incluyen cualquier área de actividad estructurada con su propio sistema simbólico (las Matemáticas, la Música, la Lengua...) o su propio conjunto de destrezas sensorio motrices (la Pintura, la Danza, los Deportes...).


El desarrollo de la capacidad o el talento es un proceso de toda la vida. Puede ser evidente en los niños como un resultado excepcional en un test u otra medida de capacidad, o como una alta velocidad de aprendizaje, comparados con otros alumnos de su misma edad, o como un rendimiento dado en un determinado dominio. Como personas, maduran desde la infancia hasta la adolescencia, sin embargo, el rendimiento y los altos niveles de motivación en el dominio de que se trate, se convierten en la principal característica de su alta capacidad. Diversos factores pueden potenciar o inhibir el desarrollo y la expresión de las capacidades".


Como vemos, el enfoque de Tourón centrado en el desarrolo del talento pone el foco en la importancia de la influencia del entorno para que la capacidad pueda florecer. Esto incluye la atención a las necesidades especiales no solo a nivel cognitivo sino también emocional y psicosocial. De hecho hoy en día es ampliamente reconocido el derecho a una atención educativa especializada así como el acceso a becas para programas específicos, que en España otorga, no sin muchas trabas, el Ministerio de Educación.


El problema estriba en que los criterios para la identificación y el acceso a estas medidas no están consensuados, ni existe una verdadera voluntad política estatal de promoción del talento. Las estrategias en marcha son absolutamrnte insuficientes. Esto tiene como consecuencia que la inmensa mayoría de personas con altas capacidades jamás son identificadas, especialmente las mujeres, dados los infinitos mitos que existen y que no facilitan la identificación, así como el sesgo de género.


De hecho, en España actualmente podemos encontrar tantas definiciones, criterios y medidas como comunidades autónomas. Por ejemplo, según la web del Mundo del Superdotado:

  • En la comunidad de Madrid un alumno con altas capacidades debe tener un CI global igual o superior a 130, y además tener una valoración positiva de creatividad y persistencia en la tarea.

  • En Andalucía, sin embargo, se aplica un enfoque más abierto de la alta capacidad en el que se considera que un alumno "presenta altas capacidades cuando maneja y relaciona múltiples recursos cognitivos de tipo lógico, numérico, espacial, de memoria, verbal y creativo, o bien destaca especialmente y de manera excepcional en el manejo de uno o varios de ellos". Según este criterio básico la clasificación puede ser de superdotación, talento simple o talento complejo dependiendo de si destacan en una o más áreas.

Este embrollo entre los distintos modelos que se siguen en España y la confusión entre altas capacidades y superdotación la explica muy bien en su blog El incansable Aspersor, En resumen nos viene a decir que las altas capacidades son un paraguas conceptual donde se engloba todo lo que tiene que ver con el talento, la precocidad, superdotación, etc, Nos cuenta que el inadecuado uso y las distintas definiciones del término son un tremendo error de bulto que arrastramos hace un par de décadas. Según los distintos enfoques encontramos distintas concepciones, que a su vez dependen del idioma según se mire el concepto: si el idioma es psicométrico se pone el foco en el CI, y si el idioma es cognitivo, en el perfil de capacidades.


La cosa se pone aún más compleja cuando comprendemos que el CI no es algo estático, algo así como un "don" con el que nacemos por suerte o por genética. De hecho resulta curioso que, si nos fijamos, en inglés el término se denomina Giftedness, que se traduciría como dotado, con ciertos matices, pero Gift también significa regalo. De acuerdo con el enfoque del desarrollo de Tourón el talento se encuentra en constante proceso de desarrollo, y es ahí donde radica la importancia de la identificación. Tal y como el catedrático afirma, el talento que no se cultiva, tarde o temprano se pierde.


"Hay que entender que no se trata de un atributo, o condición natural, de la que unos gozan y otros no. Por ello, no puede plasmarse en una puntuación de CI, y si bien esta puede tener cierta utilidad, es de escaso o nulo valor para organizar la intervención educativa. Todos los modelos actuales, como se verá, enfatizan la importancia del desarrollo a lo largo de la vida de la persona, estableciendo la importancia del impacto del entorno en dicho desarrollo. En este sentido se puede afirmar que todos estamos en proceso de ser"

(Touron, 2020, p.17)

En resumen: Las altas capacidades no existen. Son los padres.

Me explico, y que nadie se arremoline, claro que existen las personas con altas capacidades, y existe el concepto, tan largamente estudiado y debatido.


Pero, ¿Porqué digo que las altas capacidades son los padres?


Escoge entre las siguientes opciones:


A) Porque gracias a nuestros padres biológicos tenemos semejante regalo (de hecho parece que existe un componente genético, aunque no está claro de qué genes se trata).


B) Porque dependen de lo que nuestros "padres" simbólicos opinen, es decir, ¡los científicos! (nótese el masculino intencionado, aunque eso da para otro post).


C) Porque son como los reyes m****, no existen. Son una fantasía colectiva.

Las tres respuestas son verdaderas, porque en realidad lo único en lo que parecen estar todos los académicos de acuerdo es en que la alta capacidad no es otra cosa que un constructo, un acuerdo social acerca de lo que entendemos por excepcionalidad en el ámbito de la inteligencia, y que por cierto, como constructo es relativamente reciente, si tenemos en cuenta que el primer test de inteligencia se desarrolló a principios de siglo XX (por Alfred Binet y Theodore Simon).


Y gracias a estos tests actualmente están identificados en España aproximadamente 35.500 alumnos con altas capacidades en todos los niveles del sistema educativo, aproximadamente el 0.4% del total, muy lejos del porcentaje del 10% teórico que debería existir.



Alumnado con altas capacidades por comunidades autónomas. Año 2018-2019. Puedes ver estas estadísticas aquí:

La situación es verdaderamente dramática si tenemos en cuenta que detrás de estos números se encuentran personas, alumnos que se convertirán en adultos. Adultos que en algún momento fueron niños y que jamás vieron atendidas sus necesidades educativas especiales, derivando en muchos casos en fracaso escolar, o por lo menos en una enorme incomprensión. Por que una adecuada atención es vital para que estas personas puedan integrarse y desarrollar su potencial, simplemente como las demás.


Entonces ¿Si a mí no me hicieron ningún test ni tuve educación especializada es que no tengo altas capacidades? ¿Cómo hacían las personas inteligentes antes de que se crearan los tests? ¿No existían? ¿No desarrollaban su talento?

Pues claro que sí. Siempre ha habido personas altamente inteligentes que han logrado llegar a altas cotas de desarrollo sin ningún test ni programa de enriquecimiento. La historia está llena de ejemplos desde el principio de los tiempos.


La persona que inventó la rueda seguramente lo era. Pero para que ella lo lograra necesitó de un entorno que se lo facilitó. Necesitó de los que antes se dedicaron a juntar piedras, los que aprendieron a fabricar herramientas, los que cuidaban, los que recogían frutos, los que cocinaban, los que escuchaban acompañaban e inventaban historias para el resto, porque la inteligencia también es cultural y sus logros dependen del esfuerzo y colaboración de más de una persona.


Es sorprendente cómo Incluso en las circunstancias más adversas la humanidad ha sido capaz de encontrar soluciones creativas para sus problemas. Y, al contrario de lo que la historia nos ha querido contar, más que un logro individual de unos pocos (casi siempre hombres) el éxito es resultado de una compleja red social que lo sostiene y hace posible.


Me interesan especialmente los enfoques feministas y los estudios sobre la resiliencia que nos hacen ver que el desarrollo de las capacidades y talentos tiene mucho que ver con los cuidados, tradicionalmente feminizados, y por tanto con el papel de las madres, la familia y otras figuras de referencia, algo sobre lo que otro día hablaré (Nussbaum, 2000; Barudy, Dantagnán, Comas y Vergara, 2005).


Siempre han existido las personas inteligentes, grupos inteligentes, igual que siempre han existido las personas de alta estatura, las bajas, las impulsivas y las tímidas, las alegres y las introspectivas.

Personas.


Porque ese es el tema. Detrás del cociente intelectual, de la evaluación, de las medidas educativas, de la sospecha, de la duda, del logro, del fracaso, lo que hay es una persona.


Una persona con su historia familiar, su contexto, sus afectos, sus miedos, y sus enormes ganas de aprender, de crecer, de expandirse, y que a menudo son coartadas.


Y es por eso que la atención al desarrollo psicoemocional es tan importante de atender también.

Déjame que te cuente una fábula...

Imagina que tienes un jardín. Con muchas plantas. Tienes plantas grandes, pequeñas, tienes cactus y geranios, árboles frutales, arbustos y pinos. Imagina sus hojas frondosas, sus colores, el aroma que desprenden.


Y en medio de este precioso y complejo jardín tienes esa planta rara, distinta a las demás. Es una planta que crece muy rápido, que florece como ninguna otra, que le salen ramas por todos lados, que se bebe todo el agua que le echas.


Eres un buen jardinero, te preocupas por tu jardín, y temes que la planta invada al resto, así que la podas. Un poco solo, unas ramitas. Pero aun así crece y se expande más que ninguna. Y la vuelves a podar. Y otra vez. Pero sigue y sigue creciendo así que la trasplantas a una maceta.


Le pones límites a su crecimiento y, creyendo que encontraste una solución, tu planta deja de florecer, se marchita.


Tu planta estaba destinada a ser un tremendo árbol, un arbol excepcional, uno de esos que a través de sus raíces comparten nutrientes con el resto, los que nutren y hacen brillar todo el jardín, pero nunca lo has llegado a descubrir.


Esto pasa todos los días en las escuelas con las personas con altas capacidades.


Nuestro sistema educativo nos convierte en un lindo bonsai.


Y el problema está en los mitos sobre la superdotación. Porque si pensamos en el árbol no veremos la plantita cuando la tengamos delante.


Si nuestra referencia de superdotación es un Einstein, o un Napoleón, no veremos las altas capacidades de las niñas de cinco años que improvisan poemas.


¿Entonces, cómo son las personas con altas capacidades?

Las personas con altas capacidades somos las que siempre queremos saber más.

Las que en una clase, en cualquier nivel educativo, no podemos evitar levantar la mano para preguntar.

Somos también las que hacemos esfuerzos por callarnos para no molestar.

Superdotadas somos las personas que hacemos cosas excepcionales y precoces, como aprender a leer a los 3 años, multiplicaciones de cabeza, tocar la flauta, el piano, y el violín.

Somos también las que no hacemos nada de eso, y sin embargo nos interesamos profundamente por aprender sobre las vidas de nuestros familiares, de nuestro pueblo, o comprender porqué la luna no se cae del cielo.

Somos las que nos implicamos con las causas justas, las que con siete años queremos erradicar la pobreza, el dinero, montar un partido político, hacer una manifestación, empapelar la ciudad con nuestros dibujos en contra del maltrato animal.

Pero también somos las que apenas salimos de nuestro cuarto, las que nos pasamos horas inmersas leyendo, dibujando, o mirando al techo, soñando con duendes y mundos mágicos.

Somos las populares de la clase, las líderes, las delegadas, las que sacamos buenas notas.

Pero también somos las que nunca llegamos a terminar una carrera, las tímidas, las inseguras, las calladas, las que dudamos, a las que nos cuesta hacer amigos, de las que se burlan, las acosadas.

Somos las que siempre entendemos los sentimientos de los demás, las consejeras, las sabias, las empáticas.

Pero también somos las excéntricas, las raras, las que odiamos y no entendemos (verdaderamente no entendemos) la estupidez humana.

Somos las intensas, las brillantes, las enamoradizas, las poetas, las bohemias, las caoticas, las desastrosas, las exageradas.

Pero también las meticulosas, las reconcentradas, las que parece que nunca salen de fiesta, las que nunca rompen un plato.

Somos las que nos preguntamos por el más allá, por los agujeros negros, por las galaxias, por Dios, las que miramos al cielo.

Somos las que lo cuestionamos todo, las que no aceptamos la autoridad ni las normas, las que no necesitamos mapas pero también somos las que por primera vez los dibujamos. Las que escribimos constituciones, fundamos asociaciones, creamos teorías, modelos, las que las criticamos y reformulamos.


Somos los Gandhis, los Sheldon, los Einstein de tu calle.

Las Simone de Beuvoir, las Jane Goodal, las Cleopatras de tu barrio.

El panadero que innova en su panadería.

La madre que se sabe todas las teorías de desarrollo mejor que cualquier médico.

El ingeniero que quiere ser bailarín y poeta.


Las personas con altas capacidades somos eso, y mucho más, y a la vez nada más que eso.

Unas ganas constantes de aprender, de crecer, de expandirnos, hacia fuera, hacia dentro.


Qué inmenso placer (y beneficio) sería, para nosotr@s, para el mundo, que pudiéramos simplemente permitirnos descubrir, extender nuestros dedos hacia el infinito.


Porque cuando nos dejan, volvemos siempre para contarlo.

Y tú, ¿eres también un gran árbol?

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Referencias


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